El gusto por las cosas pequeñas Where the Water Tastes Like Wine

where the water tastes like wineCuéntame una historia triste, necesito sentir simpatía por alguien.

Un niño está cabizbajo junto a un perro enorme. Menea los pies sobre un cercado de madera. El sol está ocultándose. “¿Qué hay chico?”, pregunta el vagabundo. “¿A qué ese gesto?”
“Nos vamos al oeste. Papá dice que no podemos quedarnos con él”. El gigantesco perro está durmiendo sobre el suelo polvoriento como si la cosa no fuese con él. “Papá dice que no podemos alimentarlo. Ya no. Papá dice que no tenemos ni siquiera para nosotros”.
El vagabundo sopesa la situación. “Hum. Yo no tengo mucho pero podría hacerme cargo del animal”. El niño sonríe, salta de la cerca y corre hacia su casa llamando a papá. El vagabundo le acompaña el viaje con la mirada. Al poco tiempo el padre asoma en el porche de la destartalada casa. Hace visera con las manos y menea la mano en señal de saludo. Su rostro se muestra agradecido por el detalle del vagabundo.
Un débil sonido de uñas rascando la madera y una hojas que se agitan rompe el momento. El perro ya no está.

Cuéntame una historia alegre, necesito sentir que el mundo aún es bueno.

En medio de solar hay un árbol con las ramas peladas. En el extremo de cada rama hay una botella de cristal; cuelgan como si fuesen los frutos de ese árbol. El campesino dueño de ese árbol lo observa satisfecho.

“Y así voy a seguir todos los días. Botella que vea, botella que colgaré en el árbol”, el campesino le dice a su cartero. “Lo seguiré haciendo hasta que las botellas me traigan una vaca”.

 

Yo me se otra sobre el filósofo del lenguaje J.L. Austin. Se dice que estaba en una charla pública cuando comentó lo siguiente: “El uso de una doble negación implica necesariamente una afirmación. Pero no existe en el lenguaje que una doble afirmación signifique una negación”. En ese momento una persona del público dijo con sorna: “Sí, sí”. Esta historia se cuenta para explicar la diferencia entre la pragmática y la semántica. Es una buena historia.

Las narraciones están con nosotros desde el principio de los tiempos. Somos criaturas que comprenden el mundo que le rodea mediante historias que estructuran de forma espacio temporal los eventos y sucesos de la realidad. Incluso la ciencia, que parece escapar a esta definición, utiliza historias como metáforas para que se entienda qué se pretende decir y para darlas sentido (historias como la del “gato de Schrödinger” sirven para entender la indeterminación cuántica); pero también la ciencia adopta las estructuras de la narrativa para elaborar su trabajo. Creen los narratologos, como el filósofo Peter Goldie, que nuestra pensamiento solo funciona de manera predeterminada bajo estructuras narrativas.

Devoramos historias y estamos ávidos de ellas porque no podemos ser otra cosa que narraciones. Es una necesidad básica. Los imperios, las naciones, los pueblos, los barrios, las vidas individuales de cada uno se esculpel mediante el cincel de la narrativa.

Where the Water Tastes Like Wine sucede en el contexto de principio de los años 30 en los EE.UU. Podría decirse que fue la primera gran crisis existencial del pueblo americano como joven nación y futuro imperio. Es cierto que la Guerra Civil desgarró su tierra, incluso a día de hoy las cicatrices no se han cerrado, pero el crack del 29 supuso un mazazo considerable al discurso (al Gran Relato que diría un postmoderno) sobre el Destino Manifiesto de los EE.UU. El pueblo estaba ardiendo en busca de historias que entretejieran una identidad nacional que se estaba perdiendo. Diría que no sucedería algo similar hasta los años de la contracultura durante la Guerra del Vietnam.

where the water tastes like wine antihypeEl foco de Where the Water Tastes Like Wine no está situado en los grandes relatos de identidad nacional, sino en las pequeñas historias de la gente corriente. Son historias sobre perros abandonados, hermanos que se reencuentran, estaciones de radio encantadas, mujeres misteriosas que huyen, árboles llenos de botellas y, sobre todo, cómo la cultura popular, el folklore, es una parte fundamental de nuestra identidad. En Where the Water Tastes Like Wine se pasean las masas que quedan fuera de la Historia. No vas a encontrar ni reyes ni reinas, ni guerras, ni los grandes nombres, sino ese cuento que uno pone sobre la mesa alrededor de un fuego.

La otra parte de Gone Home, Johnnemann Nordhagen, monta alrededor de Where the Water Tastes Like Wine un monumento al arte de la narración y al cuidado, casi milimétrico, de la economía del lenguaje para desarrollar una histora. Nordhagen se ha rodeado de muchos de los analistas de videojuegos de Rock, Paper, Shotgun. Esto se nota, en cierta medida, tanto para bien como para mal. Pese a que cada historia es muy buena (y hay muchísimas) se le puede criticar el excesivo uso del epíteto. No es necesario que cada palabra vaya acompañada de treinta mil adjetivos para que signifiquen o describan. Saber prescindir del adjetivo es una buena virtud en según qué contextos, y en este se nota que sobran. No es lo único que le sobra a este juego.

La belleza cotidiana del folklore yanqui, ese que uno intuye que ha ido entretejiendo el pensamiento americano, queda reflejado en la variedad de contenido de estas historias: románticas, graciosas, sobrenaturales, aterradoras, inquietantes, tristes… pese que el nexo común es la Gran Depresion del 29 y sus estragos, la mayor parte de estas historias vienen de lejos; se adaptan de forma conveniente al contexto socio-político. Así como la música popular no pertenecía a nadie antes de que comenzase a ser relevante el tema de la “autoría” y cada uno presentaba su versión, las historias que aquí se presentan son reinvenciones de antiguos cuentos sobre la muerte, el amor; lo que nos aterra y lo que nos ilusiona.

where the water tastes like wine antihypeSi en algo cierta Where the Water Tastes Like Wine es en cómo nos deja claro que incluso aunque pensemos que hemos sido testigos de algo relevante que merece ser contando, en el momento que eso se transforma en una historia deja de pertenecernos. El vagabundo que manejamos en el juego, uno que perdió todo en una partida de póker contra “el señor lobo” y que debe caminar por Estados Unidos en busca de cuentos para satisfacerle, es testigo de cómo historias que él vivió en primera persona están siendo contadas ya en otras partes del país pero con notables variaciones y, a su vez, este las vuelve a atesorar y a adaptar a sus vivencias. En un momento dado la historia es más importante (es más bella, más conmovedora, aterradora, perfecta) que la vivencia original. Uno duda incluso de que esas historias las hayamos vividos pues, ¿no serán una manera de elaborar un discurso que permita pasar por encima del horror de la miseria?

Otro acierto: cómo el imaginario colectivo se forja con medias verdades, cómo se retuerce la verdad para que triunfe la estética. Así queda reflejado en la sobresaliente banda sonora que nos acompaña todo el rato: los temas que podemos escuchar suelen ser versiones de la misma canción según sea la región en donde estemos. Por ejemplo, en Nuevo México la escuchamos en español, en Nashville suena muy country o en Nueva Orleans hay claras influencias de la música negra (claro que, si eliminamos el punk, ¿qué estilo musical popular no nació de los esclavos negros?).

Where the Water Tastes Like Wine tiene bastantes problemas como videojuego. Uno es su escaso interés en que funcione bien. El mapa gigantesco por el que podemos vagar en busca de historias, que representa los EE.UU. resulta notable; nos permite sentir cierto “mundo abierto” pues podemos decidir a dónde ir en busca de historias. El mapa petardea como un bendito y las caídas de framerate son terribles. Lo que en general no debería ser demasiado relevante en un juego como este, que centra su interés en las historias, aquí desluce la inmersión, sobre todo porque buena parte del juego la pasas en ese mapa.

Otro problema importante es el tedio al que te arrastra debido a la cantidad de historias que uno lee durante una partida. Resulta irónico que un juego sobre historias no haya pensado en algo importante sobre esto: nos cansamos rápidamente cuando debemos estar cambiando de historia en breve espacio de tiempo; perdemos el interés. Esto sucede, se dice, porque cada cuento, incluso los que están basados en la vida real, supone entrar en un mundo posible, el de la narración. Eso implica un gasto cognitivo considerable para el consumidor que se acrecienta cuando uno debe cambiar al escenario de otra historia. Si uno lee un libro de relatos es bastante difícil hacerlo del tirón si estos son breves. Where the Water Tastes Like Wine está constantemente cambiando de historias con lo que el desgaste es tremendo.

Con todo Where the Water Tastes Like Wine es una propuesta muy interesante que se queda a medio gas pero que tiene su nicho en aquellas personas que le piden a los videojuegos algo más. Contemplativo y para tomar a pequeños sorbos. Igual que el buen vino.where the water tastes like wine

Acerca de Alberto Murcia

Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y tecnófilo. Dedico parte de mi tiempo a escribir sobre videojuegos en esta casa tan acogedora. También colaboro en El Estado Mental, Irispress, Zehngames, Deus Ex Machina y Anaitgames

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