“La locura es como la gravedad, basta con un pequeño empujón” – El Joker El Diván del Sr. Muñoz

Cuadro dali El divan del señor Muñoz

El tic-tac del reloj de pared llenaba los silencios de la sala de espera. El señor Muñoz esperaba ansiosamente en el sofá de color mostaza, gastado por el paso de los culos a lo largo de los años. Se apretaba ansiosamente las manos, sin quitar la vista del segundero, ni el oído del tic-tac. Delante de él, en la baja mesita de cafe de cristal, reposaban varias Hobby Consolas de hace años. Debajo de ellas, destacaba una colosal MicroManía, de las de tamaño periódico, con una portada que era digna de haber sido creada por Giger. La abrió, la hojeó durante apenas un minuto, y la dejó sobre la mesa, con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.

“Puto Ferhergon, que tío más cachondo….”

Sus ojos volvieron por inercia al reloj. Seguía avanzando. Seguía sonando.

“Casi media hora aquí esperando, joder. Con la de partituras que podría haber recogido en este tiempo aquí perdido…”

Cuadro de Chirico El divan del señor muñozDesvió su mirada a la puerta de caoba que estaba a su derecha. Cerrada. Se oían murmullos de vez en cuando, y una de las voces en ocasiones se elevaba un poco más de la cuenta, como si estuviera enfadado. El señor Muñoz llegó a distinguir expresiones como “he vuelto a la mala vida”, “puta familia de mierda” o “ese hijo puta instructor de tenis que se tiró a mi mujer”. Vaya pijadas de problemas que tenía la gente. Lo suyo sí que era jodido, pero ahí seguía, sentado, esperando.

Se levantó un poco para acomodarse la sisa, que le estaba apretando un poco el testículo derecho. Movió un poco la cadera para comprobar que todo se podía balancear con libertad y volvió a sentarse. Mirada al reloj.

En ese momento, notó que los murmullos subían un poco de tono. La puerta se abrió.

Un hombre de unos cuarenta y pico años, pelo moreno corto, con unas Ray-ban de aviador colgando del cuello del polo crema que llevaba puesto y algún kilo de más, se paró bajo el quicio de la puerta.

– ¿Otra vez ha subido la puta tarifa?

– Es necesario para poder progresar en tu patología que aprendas a disociar en tu subconsciente la necesidad implícita de la dependencia de la necesidad y el dinero, es por tu bien Michael.

– Joder, vale, esta bien, si usted lo dice…

– Y acuérdate de llamar la próxima semana para concertar la cita. Ahora que estás en contacto con tu yo interior, es cuando más progresos estamos haciendo.

– Vale doctor, si usted lo dice…

Los hombres se dieron la mano. El señor Muñoz se levantó y se dio un ligero balanceo de caderas para colocarse bien el tema.

El hombre de las gafas de aviador se giró para dirigirse a la puerta de salida, pero se quedó paralizado, con las gafas a medio poner, cuando vio al señor Muñoz, con su túnica blanca y la capucha puesta, haciendo un movimiento muy extraño con la cintura.

– ¡¿Pero qué cojones?! Jajajajajjaa Ostia puta, que bueno.

batman y jocker el divan del señor muñoz

Continuó caminando hacia la puerta, la abrió, y mientras salía, escojonándose, se le alcanzó a escuchar.

– Me cago en la puta, si llega a estar aquí Trevor… No se lo va a creer cuando se lo cuente.

El hombre cerró la puerta y desapareció.

El otro hombre salió de la habitación. Cuando vio al señor Muñoz, su cara dibujó una sonrisa.

– Ah, discúlpeme que le haya tenido esperando. El de este hombre era un caso de encabronamiento gravísimo.

– Joder, casi 15 minutos aquí esperando doctor, y sabe usted que soy una persona muy ocupada.

En ese momento, sintió abrirse nuevamente la puerta de la entrada, se giró y vio al hombre que había salido unos segundos antes. El cabrón tenía un móvil en la mano. Vió un flash.

– Ajajajaj, ahora sí que ese puto chiflao me cree seguro. Va a flipar. Jajjajajaja

Cerró la puerta.

– ¿Ve lo que le digo señor Muñoz? Está como una puta cabra.

– Si doctor, no se preocupe, entiendo que me haya hecho esperar.

– Pase por favor, pase.

El señor Muñoz entró en el despacho. El centro de la habitación, estaba presidido por un diván, hecho con madera tropical, y cubierto con piel sintética clara. El señor Muñoz se recogió un poco la túnica, se dirigió al diván, pero en lugar de tumbarse o sentarse, se subió a la cabecera y se agachó, con una pierna delante de otra. En su cabeza oyó un águila. Oteó la estancia. Pequeña, coqueta, con predominio de muebles de madera tropical, que aumentaban la sensación de confort de la habitación. En la esquina izquierda había una pequeña mesa de escritorio, con una silla con acabados beiges.  Al lado del diván, había una silla muy simple, de metal y textil negro, que destacaba sobremanera por su diferencia de estilo respecto a todo lo que había en la estancia. Al fondo de la habitación había un ficus, medio mustio por la falta de luz solar y pegado a él una pequeña librería. En su cabeza dibujó un minimapa en el que colocó iconos de la situación de cada uno de los elementos.

the-deposition cuadro de delvaux el divan del señor muñoz

El doctor se quedó mirándolo, levantó una ceja y se sentó en la silla metálica de al lado.

– Oiga, si no le importa, cuando acabe de hacer el gilipollas, tiéndase en el diván por favor, señor Muñoz, recuerde que su tiempo es mi dinero.

Cuando el señor Muñoz quedó satisfecho con su conocimiento del lugar, bajó al suelo con precaución, se colocó nuevamente la huevada y, levantando la túnica para mejorar su libertad de movimiento, se tumbó con precaución.

– Bueno, entonces, ¿que tal estamos hoy campeón?

– ¿Le importa llamarme titán?

– Pero la última vez me dijo que le llamara campeón…

– Si, pero es que he visto que todo el mundo se llama así, y yo quiero sentirme un poco…. especial.

El doctor murmuró entre dientes: – Créeme hijo, eres especialito de cojones.

– ¿Cómo dice doctor?

– Que por supuesto, como usted quiera. Empecemos pues otra vez. ¿Cómo lo llevamos hoy, titán?

– Pues colgando doctor, colgando ajajajajaj… No, no, en serio. Mal doctor, me siento deprimido, no tengo ganas de nada, me encuentro vacío.

– Pero la última vez habíamos hecho muchos progresos. Ya habíamos conseguido que dejara usted de tirar puñados de monedas al suelo, y que dejara de darle dinero a los grupos de chicas que veía por la calle.

– Bueno, para esto último no necesité demasiada ayuda suya doctor, la ostia que me metió una de las chicas del último intento que hice bastó para despertar mi instinto de supervivencia y dejar de hacerlo.

– Eso es cierto, titán. Pero mi trabajo de reforzamiento tiene un valor incalculable para ayud…

– 200 pavos la hora no es incalculable.

– Jajajjajaja Siempre lo digo a mis amigos cuando hablamos de usted, es la ostia de gracioso, titán.

– ¿Habla usted de mi?¿Y la confidencialidad doctor – paciente?

El doctor le mira fijamente, se saca una pluma de oro del bolsillo de la camisa, abre el bloc que tiene en el regazo y comienza a escribir mientras mueve la cabeza con gesto de negación.

batman-joker  el divan del señor muñoz – Cuanta negatividad, titán.

– Esto.. Yo… perdone doctor, no se enfade conmigo.

– Deberías ser más comprensivo. Sólo le pongo ejemplos a mis amigos y colegas para que si un día están como tú de piraos puedan identificar los síntomas.

– Ah bueno, si es solo por eso, no hay problema.

– Bueno, a lo que íbamos. ¿Cómo llevas ese problemilla con las alturas?

– Joder, mal. Es que es subirme a un par de metros de altura, no haber una barandilla, y me entra un respiguín por la boca del estómago pa arriba, que me quedo todo loco.

– Jajajajjajaja, que bueno.

– ¿Cómo?

– Ah, pensé que era un chiste. Lo de loco y tal. Bueno, nada, era una mierda mía que no entenderías, titán. Nada, continua por favor.

– Pues nada, lo que le decía. El otro día me mandaron subir a un campanario la ostia de alto. Y mientras iba trepando, me iban diciendo: – ¡No mires abajo, no mires abajo, campeón! – Y cuando escuché lo de campeón, me entró una rabia tan grande, que tuve que mirar para abajo a ver quien había sido, y ahí se jodió todo. Me vine abajo, me empecé a marear, me caí, con tanta suerte que debajo había un carro de heno y pude amortiguar la caída.

– ¡Pues vaya suerte!

– No se crea, porque el cabrón del carro de heno había dejado allí la pala de dientes, con tan mala suerte que me la clavé en todo el coxis, y encima me entró la risa tonta. Allí estaba yo, llorando de dolor, con una pala de dientes clavada en el cerca del gluteo derecho y escojonado de la risa.

– ¡Pero eso es fantástico! Esa es la reacción que buscaba, está usted en el punto justo para comenzar su recuperación definitiva.

– No me joda, ¿y cómo es eso?.

– Lo que tiene usted que hacer, sin falta según salga de aquí es…

PIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

– Ohhhhhhh, se acabó el tiempo, titán.

– Pero…. Oiga, no joda, digame el truco para…

– La semana que viene se lo digo, acuérdese de concertar cita el viernes como muy tarde, porque ahora estoy hasta arriba. – Dijo el doctor mientras se levantaba. Dejó el bloc sobre la mesa del fondo.

El señor Muñoz se levantó del diván, se colocó las mangas, estiró la capucha, se colocó el cimbrel para el lado derecho y salió de la habitación tras el doctor.

– ¿No le da calor esa túnica tan tupida? En esta ciudad casca el sol que da gusto.

– No se crea, este es el tejido de verano. La de invierno va forrada en guata, esa si da mazo de calor.

– Ajajajaja, me importa un pijo la verdad.

– ¿Qué?

– Que ese tejido lo importan fijo, ¿no?

– Ah, si, lo traemos de las colonias…

– Bueno vale, lo siento pero debería irse, tengo que ir a impartir unas clases de tenis ahora.

– Ah, vale doctor, gracias. Hasta la semana que viene.

– Adios titán.

Ambos hombres se dan la mano, y el de la túnica blanca sale de la habitación. El doctor da la vuelta, a traviesa la sala de espera, entra en el despacho, y se dirige a la mesa. Coge el bloc, le quita la tapa a la pluma y escribe

D. Justiniano Altair Muñoz de la Serna

Casuística: Se cree un miembro de la saga de los Assassins.

Necesidad irracional de subirse a todas las atalayas que se encuentra.

Condenado por causar lesiones con un arma blanca oculta en la manga de su túnica a un peatón.

Obsesión por las personas que se llaman Leonardo. Varios les han puesto denuncias por acoso.

Otros: Ha desarrollado miedo a las alturas.

Siempre lleva una túnica. La misma, nunca se la cambia. Higiene cuestionable.

Diagnóstico: Recomiendo encerrar en Institución Mental lo antes posible.

El doctor tapó la pluma, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Apagó la luz y antes de salir se quedó mirando durante varios segundos un pequeño cuadro, prácticamente oculto por la sombra del ficus. Sonrió. Apagó la luz y salió.

La estancia quedó vacía, solamente dominada por la cruz templaria del cuadro.

cuadro templario el divan del señor muñoz

Acerca de Nomius

Soy el sable laser en la Oscuridad. Y el Rey más allá del Muro Cantábrico. Catador de Cervezas y un poco indecente. Designed in Asturias.

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