One minit Minit – ¿Análisis?

Minit front cabAyer me pasó algo curioso. Como cada mañana, levantarme de la cama me lavé la cara, desayuné, me lavé los dientes y salí a dar mi paseo matutino. Como vivo a las afueras de un pueblo cerca de un desierto no hay muchos sitios donde ir. Además, casi todos los caminos están cortados por arbustos, setos y árboles. La huelga de jardineros se empieza a notar; quizá deberían subirles el sueldo y hacerles un contrato como se merecen, sus condiciones son deplorables. Como realmente tampoco tenía un lugar concreto al que dirigirme, decidí marchar hacia el sur. Ahí se encuentra el lago. Mojarme los pies de matinada es uno de los pequeños caprichos que todavía me puedo permitir. Al pasear, enterrado en la arena encontré algo: un trozo puntiagudo de metal se asomaba en la orilla. No me sonó haberlo visto con anterioridad, así que lo observé bien y, con cuidado, comencé a desenterrar aquello que parecía una resplandeciente espada. 

Al empuñarla un escalofrío recorrió mi espalda. Algo no iba bien. ¿La habría perdido alguien? Imaginé que algún despistado la dejaría olvidada al recrear la batalla que aquí tuvo lugar hace tres siglos. Lo de  mantener la memoria histórica está bien pero tanto no dejarlo hecho todo una porquería como ocurre cada año. Decidí ignorar aquella sensación, al fin y al cabo podría haber sido cualquier cosa. Quizá desayunar media sandía no fue tan buena idea. 

Con la espada en la mano seguí mi paseo. Ahora que tenía algo afilado en las manos podría ampliar mis horizontes. La huelga de jardineros no impedirá que llegue allá donde se me antoje. Marché hacia el bar a saludar pero por el camino, en pie del faro, me encontré al viejo Antonio Manuel. Era un hombre ya mayor, de habla pausada pero que siempre tiene algo interesante que decir. Me empezó a contar no sé qué historia de un tesoro escondido. Mientras indicaba con detalle dónde encontrarlo escuché un sonido seco. TIC – TAC, TIC – TAC, sonó cinco veces. Me desmayé.Antonio Manuel

Cuando recobré la consciencia estaba de nuevo en casa. No supe lo que había pasado. ¿Lo había escuchado alguien más? ¿Serían las palabras que me dijo el viejo? No lo creo, lo conocía bien desde hacía años, era una buena persona, nunca hubiera hecho daño a nadie. Ocurriera lo que ocurriese, la espada seguía a mi lado. Volví por el camino que recorrí haría a penas un minuto. Esta vez, en el lugar en el que me hube encontrado la espada había una joven. Al ver la empuñadura del arma sostenida con unas roídas cuerdas a mi espalda, entró en pánico. 

-¡CORRE A LA FÁBRICA! -Me dijo alterada- ¡NO TENEMOS TIEMPO!

En ese momento pensé que estaba loco. Pronto descubriría mi error. Seguí mi camino. Esta vez sin pararme a hablar con nadie imprevisto. ¡Ya había tenido suficientes sorpresas por un día! Otra equivocación por mi parte. Esta vez, al llegar al bar hablé con el camarero, un hombre gruñón pero que con hacerle algún recado siempre encontraba algo con lo que recompensarme. Me mandó a acabar con unos cuantos cangrejos que estaban espantando a su clientela. También habían causado algunos estragos en una embarcación cercana. Una tarea sencilla para alguien como yo. Tenía la espada, ¿qué podía salir mal?

En seguida me dispuse a buscar a aquellos crustáceos. Recordaba haber visto tres de ellos por el camino, así que raudo me dirigí a la costa. El primero que me encontré me arreó en el pecho, pero seguí en pie, blandí mi espada y con un estoque acabé con él. De nuevo escuché ese sonido. TIC – TAC, TI – TAC. Volví a caer inconsciente. 

Desperté de nuevo en mi cama, como Bill Murray en Groundhog Day, con el día por delante. Aunque en este caso no parecía llegar a tanto tiempo, así que cogí el cronómetro y comencé a contar. Mientras el reloj avanzaba pensé que quizá no sería tontería hacerle caso a la joven que me advirtió de la espada y que insistió en ir hacia la fábrica. No conocía ninguna, y seguro que nadie en este dichoso pueblo me diría nada, así que me tocó buscarla. Total, tampoco tenía muchas opciones, ¿no? No podía ir a consumo a hacer una reclamación sin el ticket ¡Y por una espada que me había encontrado! 

Antes de emprender la aventura requería algo de material, así que me encargué de los dichosos cangrejos y fui al bar a cobrar por mi trabajo. Lo que me dio no me acabó de satisfacer, unos guantes mohosos que me daba un poco de grima usar. Cuando salí del bar seguí el camino hacia el norte. No sabía dónde estaba la fábrica, pero lo que sí tenía claro es que no estaba en dirección a casa. Al subir me fijé en un detalle: el camino estaba cortado. ¡Cortado por unos contenedores realmente repugnantes! Me vi obligado a ponerme esos guantes que me había dado el tabernero, tenía que poner algo, lo que fuese, entre el metal y mis manos. TIC – TAC, TIC – TAC. Otra vez. Miré el cronómetro. Justo un minuto. Minit

Una vez más me encontraba en la habitación, pero esta vez sabía cuánto tiempo tenía. Un minuto, no es mucho para llegar a ningún sitio. Menos mal que vivo en una casa en el campo, de lo contrario el tiempo se iría esperando el ascensor. Puse el reloj con cuenta atrás, que me avisara  cuando quedaran diez segundos al menos, me gustaría estar preparado para desmayarme y no hacerlo en cualquier sitio. 

Era hora de correr. Avancé lo más rápido que pude por el camino. Ya tenía los guantes así que no hacía falta que acabara con los cangrejos otra vez, podía ahorrar esos preciosos segundos y aprovecharlos para ver qué había más allá del contenedor. No encontré mucho. Volví a desmayarme una y mil veces hasta que por fin descubrí algo: al cambiar de ruta, en algún punto entre mi casa y el desierto había una pequeña caravana. Al entrar, el olor del hogar me acogió. Dentro comenzó a sonar el cronómetro, aunque lo que sentí esa vez fue diferente, estaba más tranquilo. 

Al despertar vi cómo mi alrededor había cambiado con respecto a las últimas treinta veces que me levanté. Estaba en la caravana. La espada, a la que bauticé con el nombre de Minit, había decidido que estas sería su nueva casa. 

No perdí el tiempo. Cuando tus días solo duran un minuto aprendes a aprovecharlos. Seguí investigando, me encontré con algunos de mis vecinos, unos amables, otros no tanto. Recorrí cuevas y ríos, me encontré con fantasmas del pasado, con unas personas muy extrañas que se escondían entre los matojos e iban todo llenos de hojas.

Encontré el final de la historia con Minit, por supuesto, aunque no la desvelaré. Quizá mañana cuando te levantes, tras desayunar, decidas dar un paseo. Quizá, solo quizá, en el suelo encuentres una espada. Será tu decisión cogerla o no, pero recuerda: solo tienes un minuto. Como te enseña Minit, puede dar para mucho.

minit

Acerca de Non Abizenak

Yo sólo quería ser un pirata ¿Es mucho pedir?

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