¡LOS CHUCHESH! Chuchel – Análisis

antihype_chuchel_encabezadoHabrá quien tenga las narices de decir que Chuchel es, según los estándares de Amanita Design, «más de lo mismo», y no podrá estar más equivocado. Lo que a primera vista parece un point & click tontorrón y con unas mecánicas muy marca de la casa se rebela como un homenaje sencillo pero tremendamente sentido de un género que ha visto tiempos mejores.

Habría que lavarse las manos y limpiarse los dientes antes de hablar del estudio checo Amanita Design. Con sus 15 años de andadura, es uno de esos pocos estudios de videojuegos de los que puedes decir que tienen un je ne sais quoi particular; ya eran indies antes del boom de lo indie, y ya tenían su diseño de juego y artístico perfectamente definidos antes de que viniera Jonathan Blow a tomarles «prestadas» las ideas —a ellos y a otros tantos estudios—. No creo que haya definición mejor para los juegos de Amanita que «historias únicas», y a poco que hayáis podido degustar alguno de los títulos del estudio, sabréis a lo que me refiero.

Y con todo, a pesar de lo singular de cada una de sus propuestas —reunir a un robot con su medio circuito en Machinarium, ayudar a una criatura diminuta a viajar por un mundo onírico en la trilogía Samorost—, los juegos de Amanita siempre se han caracterizado por ser historias en las que se apela a la curiosidad del jugador. Todos sus juegos tienen ese estilo artístico que concilia la acuarela con la ilustración a lápiz tradicional, pero lo más importante es que dejan al jugador experimentar con los mundos que crean. ¿Para qué sirve esta tubería suelta? ¿Qué me dirá esa mosca cantarina? ¿Ese elefante cósmico es amigo o enemigo? Rara vez encontraremos una pantalla de game over en alguno de sus juegos, y es precisamente porque evitan a toda costa que el afán de tocarlo todo de los jugadores se vea comprometido. Las horas delante de algo de Amanita son horas en las que hemos trasteado, bicheado, experimentado y, lo más importante, hemos perdido el miedo a probar cosas nuevas.

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Estando así las cosas, cabría esperar que Chuchel fuera, como he comentado al principio del análisis, uno más dentro del estilo de Amanita. Y aunque comparte muchos de los rasgos de los que el estudio checo hace gala con orgullo, muy pronto te acabas dando cuenta de que, a su manera, va por otros derroteros. Para empezar, Chuchel es una comedia. No, no es un juego donde predomina el humor; es, en el estricto sentido de la palabra, una comedia hecha videojuego. Y para ello se vale de una estructura basada en episodios, hilados de manera finísima a través de una historia muy tontorrona: nuestro peludo héroe, Chuchel, quiere comerse una cereza, y hay una mano gigante —y un roedor rosa muy puñetero— que lo evitan a toda costa. Y ya está. Cada nivel de Chuchel es como ver un episodio de Bob Esponja: plagado de irreverencias, surrealismo y un humor muy físico —con lenguas inventadas, algo muy made in Amanita— que no deja de recordarme al slapstick tipo Los Hermanos Marx, El gordo y el flaco o Los tres chiflados. Revelar mucho más de Chuchel es como que te cuenten un monólogo: probablemente sea un coñazo y se te quitan las ganas de ir, así que os invito a que descubráis el resto por vosotros mismos.

Chuchel representa  un punto y aparte dentro de la propia lógica a la que, tras tantos años, nos ha acostumbrado Amanita Design. No es solo un point & click coñero, autorreferencial y ligero. Podría pensarse que Chuchel es la demostración empírica de que un equipo de 20 personas es capaz de revisarse y ofrecer ideas inesperadas, pero esto no es nada que Amanita no haya hecho en el pasado. Al fin y al cabo, en eso de curiosear no hay quien les gane.

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