La búsqueda de un reconocimiento Videojuegos, eSports, arte y deporte

Journey
Fotograma de Journey. That Game Company

 

Más allá de la polémica y angulada diferencia de puntos de vista entre lo que separa o une a los videojuegos y a los eSports, existe un ímpetu en reconocerles una cierta entidad. Los videojuegos incluso hoy que gozan de gran popularidad y ya no están tan denostados como medio de entretenimiento como hace décadas.

La interactividad es algo que muchas obras de arte contemporáneas intentan aprovechar; son nuevas formas de comunicar. Mismamente hace escasos días tuve ocasión de visitar el Azkuna Zentroa de Bilbao, uno de tantos centros culturales de la ciudad y donde entre una gran cantidad de obras con temática protesta ante el desdén de las instituciones europeas frente a los refugiados encontré un mando de Xbox 360 y una televisión donde se reproducía un modesto juego. Era un simple endless runner en el que debías conseguir ciertos ítems que ampliaban el tiempo de juego. Dichos objetos coleccionables eran permisos de trabajo. Mientras jugabas (Más bien experimentabas), el juego te bombardeaba con imágenes y sonidos perturbadores sobre guerras y xenofobia.

Es innegable que aquella obra, lo era con todas las de la ley. Mucha gente busca el reconocimiento de arte para los videojuegos. Creaciones como las de That Game Company reflejan un esfuerzo por trasladar esas experiencias dignas de un museo a una consola. La interactividad no es más que un punto de vista más, un juego de luces que viene a enriquecer de parte de un medio acusado de ser un entretenimiento vacío.

El problema que tienen los videojuegos para ser reconocidos como una obra global es que su desarrollo se ha industrializado. Las imponentes producciones triple A requieren de grandes grupos de trabajo que difuminan la impronta de un único creador. El auge de los creadores independientes ha llevado este debate a la palestra, algo que puede llegar a ser contraproducente ya que la gente que no conoce el medio sigue pensando que esto solo se trata de juegos de disparos violentos. No es que alguien reduzca los videojuegos al Mario o al CoD de turno, es que se llegue a ridiculizar a obras como esas que pueden tener algo que decir. La riqueza del medio es que aparte de hablar del creador o creadores, hablan del mismo jugador. La forma en que nos enfrentamos a un videojuego dice mucho no solo de uno, incluso de la comunidad, o yendo un poco más allá, de la sociedad.

Pasada la primera capa de la cebolla que constituye esta búsqueda de un reconocimiento dentro de los videojuegos existe una nueva. Los eSports son, por la definición más aceptada, prácticas competitivas y regladas de videojuegos con vertiente multijugador.  La traducción al castellano es deporte electrónico. Si antes hablábamos de un nuevo punto de vista que podría enriquecer al arte, ahora se trata de usar el soporte digital para que juegos populares y totalmente postriméricos para enriquecer a los deportes, los cuales gozan de muchos años de edad.

Esta ambición de los agentes de los deportes electrónicos por ser reconocidos a todas luces como prácticas deportivas se divide, en mi opinión, en dos puntos. Uno, evidente, es el “efecto palmadita en la espalda” consistente en necesitar un apoyo oficial ante los críticos aunque se sepa y se reconozca en el círculo el trabajo. El segundo es el cada vez más importante apoyo de clubes tradicionales. Si mi equipo pasa de jugar al a veces denostado League of Legends a disputar competiciones con reconocimiento deportivo,  ya no solo ante su numeroso público, si no ante entidades como pudiera ser el COI; es entonces mucho más fácil acudir a clubes tradicionalmente deportivos y ofrecerles proyectos conjuntos. Ese reconocimiento tendría un impacto económico mucho más directo que el que buscan los videojuegos con el arte. Siendo los videojuegos y los eSports industrias, creo que es importante decir que el que lo sean responde al mundo de consumo que nos ha tocado vivir y que eso no impide que sean medios de comunicación, expresión y diversión.

No se trata de cómo pueden ser reconocidos los videojuegos como algo tan secular como el arte o el deporte, si no de que si pueden aportar y el qué en concreto.

 

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