Apáguese la Luz El fin del mundo

 

EL-FIN-DEL-CABECERA-ANTIHYPE

El año acaba mientras escribo este texto. Madrid está nublado, cosa que ha sido poco habitual durante este otoño del 2015. Mañana toca estrenar calendario. Vuelve el ciclo. Seguirá sucediendo durante otros cinco mil millones de años. Luego el Sol crecerá hasta comerse Mercurio, Venus y la Tierra. Eso es la Naturaleza; lo que es, en palabras de Aristóteles. Que no cunda el pánico, nadie quedará para verlo. Eso también le incluye a usted.

Aunque el ser humano haya decidido que el año comienza en enero en una fecha un tanto arbitraria –aunque tiene su lógica asociada a la productividad y los ciclos agrícolas –este sistema de meses y estaciones comparte cierta resemblanza simbólica con el paso de las cuatro estaciones. Al menos en el hemisferio norte que es dónde se adoptó el sistema que está mayormente compartido en el mundo. Cuando me refiero a que se decidió lo digo en serio: aunque el calendario y la forma de organizar las horas del día vienen de mucho antes, se acabaron por implantar a finales del siglo xix. El meridiano de Greenwich que señala la hora cero GMT está en Inglaterra debido a que el Imperio Británico dominaba el mundo. También se decidieron que los meses siguiesen teniendo 30 o 31 días, que el día comience a las doce de la noche, y que las horas del día se dividan en dos ciclos de 12 horas. El matemático francés Henry Poincaré propuso una forma alternativa de medir el tiempo mucho más cómoda, pero no triunfó. Al menos los franceses ganaron la batalla de las medidas y ahora contamos en litros, metros y kilos, en lugar de pintas, codos o libras.

Sea como fuere, el calendario asemeja a cierto ciclo de muerte, vida y resurrección que, posiblemente, haya estado muy influenciado por la tradición Cristiana. Así como la primavera se identifica con el nacimiento, el verano con la plenitud de la vida, el otoño con la decadencia y el invierno con la muerte, también podemos apreciar que no es nada casual que se utilizase la fecha del 25 de diciembre para celebrar la natividad. No es cuestión ahora de revisar el motivo exacto, pero sabemos que la noche del día 24 es la que menos horas de luz tiene. La noche más larga marca el solsticio de invierno. Desde ahí comienza a abrirse la vida. Esa es la idea.

Este texto es una pequeña historia de muerte y resurrección inspirada desde un precioso artículo de Rock, Paper, Shotgun. Tiene bastante de especulativo en alguna de sus sugerencias (nunca afirmaciones) y bastante de espiritualidad encubierta, así que no se lo tomen demasiado en serio. Yo no lo hago.

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En 2011 Sony Entertaiming decidió cerrar definitivamente sus servidores de los MMORPG Star Wars Galaxies y Everquest. La razón dada fue que ya los juegos resultaban poco rentables. Esto no marcaba simplemente que los desahucios virtuales habían llegado a los mundos persistentes, iba más allá. El mundo en sí, la cosa misma, desaparecería para siempre. No es como si quemas un papel y la información desaparece, porque, en realidad la información es otra cosa y lo que era en sí puede ser ahora otro estado de cosas. No, no. Aquí se trata de acabar completamente con el Universo. No sé muy bien qué sucedería con los jugadores el día en que fuesen a desconectar esas realidades pero me lo imagino un poco como cuando se siguió en directo el apagón de la Televisión Valenciana: la cámara que sigue toda la acción sin querer perder nada; caos; gente tratando de poner orden; gritos y un señor que es un mandado que tiene que darle al interruptor; y mientras seguimos viendo imagen, pum, a negro. Se acabó. La nada.

Pero prefiero pensar que los jugadores entraron para ver por última vez un amanecer, recorrer los paisajes que ya han visto miles de veces, reunirse en algún espacio social para que sus avatares bailen, sacar unas últimas fotos y a esperar el mensaje de pérdida de conexión. Incluso, quiero creer que cuando el mundo desaparece lo hace de forma gradual, como la Nada que devora Fantasía en la historia interminable; como el Sol que arrastra uno a uno a los planetas hasta a su ardiente corazón; como el papel que se consume por la llama de una vela. Y después, después, nada…

el fin del mundo dublines antihypeLa Navidad es nuestra marca del inicio de la vida. Los romanos ya la celebraban como Saturnalia. Es el solsticio de Invierno, por tanto comienza otro medio ciclo en el que la luz gana terreno a la noche. Antes de que la luz eléctrica se hiciese en los hogares, la noche seguía siendo un territorio vetado a nuestra especie, reservado a maleantes, locos y aventureros. La vida gana terreno a la muerte. Sin embargo como encrucijada supone una profunda contradicción, en cierta medida producto de la tradición Cristiana. Se pretende celebrar la venida de Jesús a la Tierra pero, a su vez, supone un ejercicio de reflexión sobre lo que ha sucedido durante el año. James Joyce iluminó con maestría esos banales encuentros navideños con la familia que tan arraigado significado tiene para nosotros, seamos o no de los que disfrutan de esos encuentros. En el relato “Los muertos”, el último de Dublineses, Joyce cuenta la nochebuena de los Conroy. No hay más argumento que ese, el baile, la cena, el tío borracho, y el jolgorio de la navidad de unos irlandeses católicos de clase burguesa. Pero Joyce, que aunque lo duden, no se le considera el escritor del siglo xx porque toda crítica es subjetiva, si no porque fue capaz, entre otras cosas, de dar con ciertos resortes emocionales y profundos que aún resuenan si escuchamos un poco en silencio, entre las sábanas, a la luz de la lámpara de noche. Sí, es eso mismo, la voz de los muertos. Los dublineses de la familia Conroy también escucharon ese eco imperceptible que creemos percibir al pasear a altas horas de la madrugada ateridos de frío. Porque siempre están ahí.

Desconozco hasta qué punto Joyce pensaba que la metempsicosis era un fenómeno que ocurría en realidad. La palabra griega alude a que el alma (psyché) cuando abandona el cuerpo acaba por buscar otro nuevo huésped donde alojarse. Por este motivo nosotros hablamos con la voz de los muertos, porque, en realidad, fuimos muertos. En algún momento el mundo se acabó y volvió a surgir. El Ulises, la obra magna de Joyce, es un relato de metempsicosis: el pobre Harold Bloom vaga por las calles de Dublin tratando de evitar el pensamiento de que su mujer le está poniendo los cuernos en ese mismo momento. Harold Bloom es la encarnación de Odiseo. El habla de Harold es la de un muerto. Harold es Harold pero también es Ulises.

Pero podemos pensar, en lugar de este aspecto tan ligado a la religión, que el uso que Joyce hace de la metempsicosis tiene más que ver con que todos nosotros somos receptáculos de la tradición, de la cultura y de las costumbres que heredamos de los que ya no están. Así nos reunimos una vez al año para celebrar que estamos juntos y recordar inevitablemente a los que están ausentes. Por eso la Navidad resulta tan agridulce, en el mejor de los casos. Ellos, los muertos, nos acechan con sus voces que se han trasmutado en eso: cultura, herencia, tradición. A veces merece la pena escucharlos, otras mejor no hacerles nada de caso. Da igual, sucede. El señor Conroy, en su famoso discurso navideño de “Los muertos”, no puede si no hablar con el tono de la voz de los muertos, encarnados de nuevo después de que el mundo se les fuese.

el fin del mundo Ray Kurzweil antihypeEs entonces cuando la gente espera un milagro, el Misterio mismo de la Navidad. A veces sucede, aunque se produzca por vías inusitadas. Lo que era Nada vuelve a Ser.

Star Wars Galaxies y Everquest volvieron a la vida. Este último fue incluso reconocido como producto fan-made sin ánimo de lucro por la propia Sony: permitió que siga viviendo. El caso de Star Wars es ligeramente distinto: uno de los empleados de Sony robó el código fuente para los servidores, clientes y herramientas de desarrollo. Ahora ese esfuerzo cooperativo porque la vida vuelva al universo se llama SWG Reborn. Como afirma el párrafo de entrada de RPS “estoy en un lugar que no debería existir”. Una comunidad, tras el robo de una Galaxia muy muy lejana, trajo la voz de los muertos.

Es un problema profundo y complejo para los videojuegos el de la falta de accesibilidad. Es por esto que gente como Jason Scott, historiador del videojuego (entre otras cosas), dedica un tiempo importante de su vida a que el Internet Archive tenga un repositorio abierto con la mayor cantidad de videojuegos posible. Esto es, que haya verdaderas bibliotecas legales de videojuegos. También es una forma de mantener con vida, incluso revivir, aquello que se perdió. Jason hace que hable la voz de los muertos, como la de Satoru Iwata. Jason alienta a los empelados de las multinacionales, de las compañías de desarrollo, a que roben los códigos fuente, los universos ficcionales, según RPS. Es asegurar la vida en el futuro. En Jason se está dando la metempsicosis, al menos como respuesta al olvido.

Qué será de nosotros si los gurús del transhumanismo como el poco creíble Ray Kurtzweil, tienen razón con la tan cacareada Singularidad. La idea tras las propuestas de Kurtzweil es que vamos a vivir el momento en el que alcancemos una especie de vida eterna gracias a que descargaremos nuestra mente en dispositivos externos digitales. Esto es robarle nuestro código fuente a la Naturaleza y almacenarlo en un lugar que trascienda el cuerpo como internet. Pero me gusta menos la idea de Kurztweil y más la de que alguien copie mi código y saque la voz de los muertos mucho tiempo después. Me gustaría tomarme unas copas antes, hacer unos bailecitos y sacar unas fotos mientras se desvanece lo real. Y seguir el ciclo cuantas veces pueda.

¡Feliz año!

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Acerca de Alberto Murcia

Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y tecnófilo. Dedico parte de mi tiempo a escribir sobre videojuegos en esta casa tan acogedora. También colaboro en El Estado Mental, Irispress, Zehngames, Deus Ex Machina y Anaitgames

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